Mike Scioscia. (Pat Sullivan/AP)

NUEVA YORK -- Peor imposible, aunque nunca se sabe con los umpires de Grandes Ligas.

Primero fue la anulación de un claro batazo de jonrón que hubiese significado el empate en un juego, seguido por el desconocimiento del reglamento sobre el cambio de un relevista sin que éste hubiese realizado tan siquiera un solo lanzamiento.

Este par de demostraciones de pésimo criterio han dejado en ridículo la imagen de los árbitros, en una semana que posiblemente derive en la aplicación de cambios para reducir semejantes actos de ineficacia tan groseros. Si Grandes Ligas realmente quiere evitar los reclamos y las burlas, el primer paso es remover el manto de todopoderosos que cubre a los umpires.

Ciertamente, un ser humano comete errores. Pero en el caso de éstos es que son prácticamente que intocables. Hay una impresión generalizada que no rinden cuentas a nadie y actúan dictatorialmente en el terreno de juego.

El incidente de la noche del jueves en Houston demuestra cristalinamente la situación. Con dos outs en la séptima entrada, Wesley Wright de los Astros hacía sus lanzamientos de calentamiento en el montículo cuando de repente el mánager Bo Porter salió de la cueva y pidió a otro relevista del bullpen, Héctor Ambriz.

Mike Scioscia, el piloto de los Angelinos de Los Angeles, reclamó de inmediato que Ambriz no podía lanzar debido a que Wright aún no había enfrentado a ningún bateador.

Los umpires se tomaron varios minutos para dilucidar un asunto que ciertamente no era para complicarse la vida. Lo dice el reglamento: a menos que el pitcher esté lesionado o enfermo, el que suba a la lomita tiene que enfrentar a por lo menos un bateador.

Para sorpresa de todos, Ambriz siguió lanzando y completó la entrada sin permitir anotaciones. Scioscia radicó una protesta, la cual no derivó en nada cuando los Angelinos pudieron remontar y ganar por 6-5.

Fieldin Culbreth, quien llevaba la voz cantante del grupo de umpires, no esclareció el motivo al remitir a la oficina del comisionado cualquier pronunciamiento sobre protestas.

Bueno, la respuesta de Grandes Ligas sin duda no será del agrado de Culbreth: los umpires volvieron a meter la pata y hasta el fondo.

Y el fallo en Houston rebasa en gravedad lo ocurrido la noche previa en Cleveland, cuando Ángel Hernández y sus colegas no otorgaron un jonrón de Adam Rosales de los Atléticos de Oakland en un juego en el que los visitantes acabaron perdiendo por una carrera.

En el caso del cambio de lanzadores, lo terrible radica en que los umpires pecaron de absoluta ignorancia de las reglas, y luego nadie quiso admitirlo, mucho menos dar explicaciones. El atenuante en Cleveland en cierta medida es el espeso guiso entre manos que tiene Grandes Ligas sobre la revisión de jugadas polémicas con la ayuda del video.

Joe Torre, el vicepresidente de MLB para estos menesteres, tendrá que hacer mucho más que difundir comunicados reconociendo que se cometieron fallos.

Así como los peloteros son castigados por protagonizar trifulcas o quebrantar la normativa antidopaje, los umpires deben ser sancionados cuando cometen errores. También que hablen de frente a la prensa, sin impedir el uso de grabadoras cuando dan declaraciones como hizo Hernández.

Lo otro que se debe plantear es una modificación del cómo se analizan las jugadas polémicas y poner freno a las suspicacias.

Más de un mal pensado sospecha que los umpires en Cleveland no querían que el partido se extendiera a extra innings, ya que al día siguiente el último duelo de la serie estaba previsto a arrancar a partir del mediodía.

En la práctica, los umpires salen del terreno y se encierran en un cuarto para revisar frente a una pantalla de televisión si el batazo fue verdaderamente jonrón o no. La recomendación que está cobrando fuerza es que el análisis se haga desde una oficina central dedicada exclusivamente a esa tarea.

Tampoco estaría de más que se ponga algo de orden en cuando a la sinuosa demarcación de las rayas de colores que determinan un jonrón en los estadios. Cualquier batazo cerca de los límites representa un dolor de cabeza ante los palcos y miradores que los equipos han colocado detrás de los jardines.